
Las ilustraciones y pinturas de Guillermo Roux lo convirtieron en uno de los más grandes artistas de la Argentina. Guiado por los sueños de la infancia y la lealtad a sus deseos, con casi 8o años, el maestro aún pinta incansablemente , dirige su taller de enseñanza y aborda con entusiasmo trabajos para instituciones públicas del país. Por EUGENIA TAVANO>FOTOSSANTIAGO CECCHI

En el sudeste de la ciudad de Buenos Aires, a la vera de un río hendido y descomunales contenedores, empresas multinacionales y un célebre hotel cinco estrellas separan, en una brevísima geografia, el mundo globalizado y opulento del hormigueo cansado de miles de trabajadores que atraviesan la estación de Retiro.
Buenos Aires desnuda aquí su ser. Con claridad y melancolía, a ritma de tango oscilan las dos caras de su moneda en una cadencia pendular que todavía parece debatirse entre la civilización y la barbarie. Apenas unos metros antes de abandonar la geométrica pulcritud de los rascacielos de oficinas, justo entre el ancho río y el antiguo ferrocarril, un mural de Guillermo Roux hace estallar la belleza indecible de la ciudad. Su explosión es como de sordinas, y apabulla justo lo necesario para que las misteriosas figuras del Buenos Aires ensoñado dispongan su farza sobre el alma atemporal y colectiva. "Homenaje a Buenos Aires" es uno de esos pasadizos misteriosos a otra dimensión, pero no está escoltado por canceberos; en el hall del edificio del Standard Bank, construido por el arquitecto César Pelli, la obra desveló al maestro durante cinco años disimula la modestia en su ominoso tamaño. "Cuando yo tenía 12 años, algunos muchachos de la editorial donde trabajaba me llevaban a pintar ahí, donde están las Catalinas ahora. Eso era un yuyal. Había vacas y cruzaba el tren. Donde ahora están los restaurantes había galpones, los dock, y era el lugar al que llegaban los inmigrantes. Venían de Calabria.. Bajaban del barcocon sus gorros y se iban a los cabarets de enfrente, a los prostíbulos de la Recova. En el predio actual del Sheraton se alzaba el famoso Parque Japonés, y la gente del interiorvenía a bailar a la enramada... Era ese mundo. Cuando me encargaron hacer el mural justo en ese lugar, me pareció que aquellos fantasmas tenían que participar. tenían que volver a entrar en la escena; com un teatro. Porque, en el fondo, es un teatro de la memoria, de algo que pasó. Y a ese living tan moderno del edificio lo dupliqué hacia dentro, como en un espejo, un espejo de la memoria". Casualmente -o no-, es el tren que parte de la estación de Retiro el que hay que abordar para llegar a la casa de Roux en Martinez, en la zona norte del conurbano bonaerense Bajo el influjo de la máscarada de "Homenaje a Buenos Aires", el viaje despoja a la conciencia de su rumiante temario cotidian y la prepara para el inminente encuentro con uno de los pintores que en la Sudaméricadel siglo XXI hacen del tiempo una materia caprichosa, a la cual sólo una íntima voluntad y su enorme talento moldearán en cada trabajo.
ACERCA DE UN NIÑO
El día es luminoso, y la casa de Roux, con su frondoso jardín y el ocre de las paredes exteriores, remite fugazmente a las moradas del Mediterráneo, allí donde el maestro ha visto algunas de las escenas más sobrecogedoras de su vida. En el espacioso living conviven cuadros de su autoría con jarrones de porcelana, fotos, libros de arte y literatura y flores frescas.
Roux nos recibe con amabilidad, se preocupa por que cronista y fotógrafo estén cómodos. Es una persona sencilla, extraordinariamente generosa y risueña.
_Por ser el primer reportaje para esta revista, tendremos que hacer un repaso...
_Bueno. Tengo79 años y todavía no me morí. Después es todo lo mismo...
Se ríe. Enseguida, con una elocuencia digna de un narrador de cuentos, comienza a desgranar su historia. "Mi familia era pequeña; mi mamá, mi padre, mi hermana y yo. Y siempre se mantuvo con el trabajo de mi padre, que era dibujante de historietas y hacía ilustraciones para los diarios. En esa époa era el auge de los diarios ilustrados, porque no había tantas fotos ni television. La historieta venía a suplir todo aquello. Los ílustradores desempeñaban un papel social muy importante: si ocurría un delito, o un choque en la calle, iban un fotografo y también un dibujante, entonces había muchísimo trabajo. Los avisos publicitarios y los carteles de los cines eran ilustrados; las marquesinas de los teatros estaban llenas de dibujos con las caras de los actores. Ésa fue la época de oro del dibujo en la Argentina. Hubo ilustradores geniales, pero entonces eran considerados laburantes. Por un lado, existía el oficio, y al margen, los artistas."
_Usted siempre dice que le sigue siendo fiel al chico que fue.¿Cómo era ese niño?
_Si tengo una fortuna, es que la vida no ha destruido esos sueños que yo tenía cuando era chico. Tenía 7 años y me gustaba estar al lado de la mesa de dibujo de mi padre. Me encantaba ver surgir todos los días un dibujo de la hoja de papel, me parecía una cosa extraordinaria; y como mi padre dibujaba todo el día, yo quería estar todo el día junto a él, sentado en un banquito, mirándolo dibujar. De tanto en tanto, él me hacia una maquita en una cartulina y me decía: "Pintá aca, hacé esto, hacé aquello...". Yo no quería ir a la escuela, quería estar ahí. Me escapaba del colegio para ir corriendo al lado de la mesa de mi papá. Ahí adquirí esa dedicación extraordinaria al trabajo de dibujante. Concebido no como arte, ni como obra, sino como una forma de ganarse la vida, simplemente. Así se fue formando el deseo de estar en ese mundo donde yo me sentía seguro; el mundo del oficio. Era algo que me decía: "Vos sos eso y eso es lo que tenés que hacer en la vida, aceptalo y se acabó"...

Y esa es la verdad que lo rige...
_...Hasta el día de hoy.
EL VIAJE
Con apenas 12 años, Roux entró en la célebre editorial de Dante Quinterno, donde trabajaba su padre, Raúl Roux. "Yo no quería entrar en ninguna escuela, ¿a estudiar qué?¿Medicina, abocacía? No eran cosas que entraban en mi cabeza. Yo imaginaba solamente una cosa: el mundo del dibujo." Su destino ya estaba claro, pero su configuración fue paulatina: "Ser artista o hacer ilustraciones o pintar, era todo lo mismo. Se trataba de hacer dibujos por los que daban un sueldo. Un dibujante era lo mismo que cualquier otra persona que se ganaba la vida". Pero algo sucedió. Luego de dos o tres años en la editorial, su talento y curiosidad excedieron el oficio: "El jefe de dibujantes vio en mí otra cosa y me aconsejó profundizar más , entrar en la Academia. Eso fue una decisión fundamental, porque ahí empecé a ver que había 'otro' dibujo, que había pintura, cuadros e historia del arte, que hasta ese momento no conocía". Tras pasar por "la Academia" a fines de los 50 emprendió una aventura que hoy hilvana consciente de que en esa historia personal también retumban los ecos de un siglo cuyos avatares fueron como las grandes zancadas de un gigante atolondrado.
_Y llegó el viaje iniciático a Italia...
_Sí... Se viajaba en barco, no en avión -los vuelos tenían poca frecuencia, y de tan costosos eran imposibles-. Fui a la Caja de Ahorro, retiré mi dinero y saqué un pasaje. En casa hubo llanto general. Porque irse a Europa en esa época era irse a Saturno. "Yo quiero ver la pintura que vi en los libros", le decía a mi familia;"¿Y qué vas a hacer en Europa, recién termina la guerra y se mueren de hambre?", me increpaban. Porque la Argentina era próspera; había opulencia y la gente vivía tranquila. Pero no hubo caso; me fui. Cuando llegué a Italia había poca gente, pocos autos. Pero se estaba construyendo mucho. Ahora puedo decirte que lo que estaba funcionando era el Plan Marshall. es decirm los Estados Unidos estaban inyectando plata en Eunropa para frenar el avancie de la Unión Soviética. Y la verdades que había prosperidad. Roma era una ciudad modesta, la vida era muy linda. No recuerdo cómo, fui a dar al estudio de un decorador, Umberto Nonni, que estaba restaurando monumentos, y entré como ayudante. Trabajaba todo el día, comíamos en el taller, y me quedaba plata para alquilar una pensión. Pero había tocado el cielo: ya no era ayuudante de historietas, sino de un pintor.
_¿Y por qué volvió?
_Porque ya habían pasado cinco años y en Roma empezó a escasear el trabajo. Además, me llegaban cartas de la Argentina en las que me contaban que mi padre estaba enfermo... Mientras yo soñaba, la vida había seguido su curso. Cuando volví a la Argentina ya tenía casi 30 años y, por supuesto, no tenía un peso. Nunca me había ocupado de eso, porque en realidad nadie se ocupaba de eso. Pero volver a la Argentina no fue fácil. Cuando llegué a Buenos Aires me encontré con el país en crisis, y ya nada era lo que había sido. Me fui con un mundo y cuando volví me encontré con algo totalmente distinto. Fue entonces cuando tomé conciencia por primera vez de esos dos planos de la realidad: el subjetivo e interno de uno y el de esa otra vida que va pasando al lado, haciendo su trabajo, hasta que un día uno se despierta y la ve.
LA CONSAGRACIÓN
Atento a ese niño que fue, a esos mundos que corren paralelos en su interior, Roux cuenta: "Siempre me he movido por necesidades internas, no hay cálculos ni especulacion". Al despertar de esa ensoñación de los años en Europa, un pálpito lo guió a Jujuy, donde vivió y ejerció como maestro de Dibujo en San Salvador, durante siete años("Fue otra huida en el tiempo", dirá). Maravillado por esa otra realidad de la puna y sus hondos silencios, Roux sintió que ya había recorrido la historia del arte en aquel taller de Roma: "Ahora quería ver cómo era el mundo actual". Y el epicentro de ese mundo era Nueva York. Alli trabajó como ilustrador apra grandes editoriales, conoció otro sistema de trabajo -el de los agentes y los porfolios- y, de vuelta en Buenos Aires para tramitar su visa, conoció a Franca Beer, su mujer desde entonces. Fue un momento de quiebre. "Ya tenía 40 años y no había vendido ni un solo cuadro, había vivido siempre de otras cosas", dirá el pintor sin un atisbo de lo que pudiera ser un reproche.
_¿Y cómo llega el reconocimiento?
_Creo que pasó lo siguiente; todo este cúmulo de experiencias, el pasado juvenil del barrio de Flores, volvió con mucha fuerza. Ya mi padre había muerto, al igual que muchos amigos de esa primera etapa, la más ensoñada. Y quedó un recuerdo, una melancolía, una nostalgia. Y empecé a sentir que ya tenía 40 años y una historia, la cual empecé a tener necesidad de contar. Y la conté recuperando cosas, como la acuarela. En esa época era una técnica despreciada: se pintaban grandes cuadros al óleo; en cambio, yo hacía cosas chicas a la acuarela, lo cual en Buenos Aires fue una sorpresa. Empecé a recuperar técnicas que había abordado en Roma, también mi experiencia en los Estados Unidos, rescaté materiales qe no se usaban, y surgieron unas figuras desmembradas, pedazos de recuerdos, los cuales confuguré de determinada manera. En Buenos Aires los rechazaron todos. Fui a una cantidad de galerías, pero esas acuarelas no las quería nadie, hasta que Billy Whitelow y Rafael Sqirru, dos personas muy importantes para mí, me presentaron a Bonino, quien finalmente hizo mi primera exposición en su galería, en el 69. Y fue un éxito. Tan grande que un marchand belga que pasaba por Buenos Aires vio los trabajos y los llevó a Europa, y en el término de seis meses pasé del anonimato a estar exponiendo en las galerías más importantes.
_¿Y cómo se ubicó en ese contexto, al viajar, ser reconocido, ganar dinero?
_Fue muy difícil, varias cosas ocurrieron. Yo puedo hacer lo que yo puedo hacer. Cuando empecé a tener mucho éxito en Europa, lo tuve sobre la base de lo que hacía en ese momento. Pero yo no soy ese momento; yo soy alguien que cambia, y empecé a tener otras necesidades en mi pintura, Y eso no iba demasiado de acuerdo con las sistematización de las galeríias. Por otro lado, tenía que quedarme en Europa. Pero esos paises no son inocentes; son culturas que han sido imperios. Y para entrar en esa cultura, uno, de cierta manera, tiene que renunciar a la propia. Uno renuncia a parte de sí mismo para ingresar en lo que se lla mel universalismo. Una palabra peligrosísima; porque el universalismo verdadero es aquel que hace de mi jardín algo universal; no el otro, el que le impone a mi jardín el universo. Una cosa es que tu imagen universal nazca de esa flor y comunique al mundo tu sentir de ella, y otra es que el mundo se imponga a la flor.
Roux señala la flor. Es roja, y su brillo atraviesa el ventanal que da al jardín. Han transcurrido las horas, y la voz del pintar se ha vuelto más clara y pausada, abrevando todavía más profundo. Se produce un breve silencio, conmovedor.
_¿Sabe que pesó?-retoma el maestro tras unos instantes-. La mesa de dibujo de mi padre. EL chico qeu estaba sentado al lado de la mesa, ahí. Yo no podía ir contra es sentimiento, que era lo que alimentaba todo.
Siguieron algunas palabras más, no muchas. Roux se muestra entusiasmado con el cuadro que le encargó el gobernador Binner para la Legislatura de Santa Fe. Se llamará "La Constitución guiando al pueblo", y el pintor insiste, con orgullo, en que será una reivindicación para todo el pueblo de la provincia. "El arte tiene la gracia de conceder; la gracia es el respeto por el otro, lo cual no significa que haya que pintar cosas amables. Goya, cuando pinta los fusilamientos, también respeta al otro, porque está maravillosamente pintado. Aunque uno mire un fusilamiento, es tan maravilloso verlo que se transforma en un algo sublime. Entonces, un acto humano, profundamente humano, se transforma en algo trascentende. El arte lo hace trascendente." Un niño genial de casi 80 años acaba de desnudar el corazon del mundo.<<
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MERCADO DE VALORES
A lo largo de todo el reportaje, el pintor recordará que, para los de su generación, el arte era un mandato que nada tenía que ver con el dinero y el éxito. "El arte ya no existe como valor en sí, sino que exíste un comercio; ¿Qué ha venido a reemplazar al objeto arte? Un tráfico de papeles, alimentando por la promoción y la publicidad de que tal museo certifique que un cuadro tiene valor por tal exposición. Y alrededor de todo eso hay una cadena de empleados, de burocracia comercial, curadores y otros inútiles que se encaminan a apoyar tal o cual producto elegido, al cual transforman en un valor de Bolsa, de mercado. ¿Qué tiene que ver todo esto con el arte? Absolutamente nada. Es una crisis de valores." El pintor recuerda lo dificil que fue para él sustraerse de ese esquema, lo cual consiguió gracias a que su mujer, Franca, empezó a encargarse de manejar su obra. "Juntos creamos una manera de vivir en la que , hasta hoy, la gente viene a comprarme a mi casa. Y de eso vivo. Hubo qeu resistir; no fue fácil. Tuve que transformarme, en cierto aspecto, en un marginal. He tenido que salirme del circuito mercantil establecido burocráticamente. Pero bueno, voy al costado del sistema y no me desagrada".
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La docencia
"No sé si tengo vocación docente. Me gustan los alumnos. Los que tienen entusiasmo; cuando veo un talento quiero ayudarlo, porque me acuerdo de mí. Y ahi no voy a enseñar, sino a compartir." Desde 1996 funciona en Buenos Aires el Taller Guillermo Roux, fundado con la lógica enunciada.
"Una vez vino a verme un grupo de alumnos de 'la Cárcova' para que diera un curso. Pero yo sólo transmitia mi experiencia. Y el curso se fue extendiendo, hasta que me distraía mucho de mi trabajo, y paré. Pero los alumnos no me dejaron, ¡Se amotinaron!, abrieron un taller y me dijeron: 'Cuando usted tenga ganas, pase'. Y así fue, y creció. Pero yo no hago nada, ellos lo hacen crecer. Lo que hago es ir y estar, porque me gusta, y si hay alguien con talento, hago lo posible para darle lo que pueda." En un plan de cuatro años, el Taller enseña dibujo y pintura abordando diversas técnicas. También hay cursos especiales de acuarela, color y collage, entre otros. Informes: www.guillermoroux.com.ar
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SU PINTURA
Para Roux, "los movimientos estéticos son un disparate". Por lo tanto, definir su obra en términos escolásticos podría ser desleal. Logra conjugar, magistralmente, el dibujo y el color, de lo cual sus famosas acuarelas sean tal vez la expresión más acabada. Misteriosas figuras y objetos fragmentados se funden en escenas de carácter poético y onírico, de profunda belleza.
Produciendo la ensoñación de la que tanto habla el pintor. También abordó la naturaleza muerta y los paisajes, los retratos (como el de San Martín, que donó al instituto Nacional Sanmartiniano). y encontró inspiración tanto en los personajes de Buenos Aires y los de su infancia como en los de la Commedia dell'arte el Renacimiento o el arte clásico. "Grecia, Pompeya, la India, todo lo que miré está hoy en mí. Mezclado como está mezclado, he absorbido todas esas influencias y de todo eso he tratado de hacer una síntesis de sentimientos y de sensaciones. "Entre otras distinciones, ganó el Primer Premio Internacional de Pintura en la XIII Bienal de San Pablo, el Premio Palanza de la Academia Nacional de Bellas Artes y el Museo Castagnino de Rosario. Además, Roux fue declarado Ciudadano Ilustre de la ciudad de Buenos Aires.
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La Academia
Para Roux fue fundamental su ingreso en la Escuela Manuel Belgrano de Buenos Aires, "la Academia". "La escuela era una especie de templo. Entrar no era una cosa simple, el examen de ingreso era rigurosísimo y la organización interna, muy estructurada. De allí se salía con una base sólida, extraordinaria, con un conocimiento acabado del oficio".
Recuerda con orgullo qeu algunos maestros de la Escuela fueron Berni, Spilimbergo, Pacenza. "Spilimbergo venía en alpargatas a la escuela; era pobre , vivía en una casa humilde en Saavedra, pero seguía pintando y pintando".
Los avatares del país no fueron ajenos. "En el 55, con la Revolución Libertadora, empezó el descalabro, los juicios a los profesores y todo lo demás. Ahora es un desastre, como buena parte de la educación." De hecho, un proyecto de la Secretaría de Educación porteña pretende cerrar la Escuela Manuel Belgrano -por lo cual los alumnos la tomaron-, así como otros históricos establecimientos secundarios de enseñanza de arte de la ciudad.

Fuente: Revista Rumbos Domingo 15 de marzo de 2009
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