
Su frente era amplia, sus ojos café sabían brillar con un fuego sombrío y su sonrisa era como la del sol, su boca era pequeña, pero sus labios demasiado tentadores. Su cuello despertaba fantasías y su clavícula invitaba al goce. Su cabello consistía en una trama incomprensible cómo una enredadera de sueños enmarañados, en adición a ello era largo, caía sobre sus hombros de terciopelo y alcanzaba la mitad de su espalda. Su espalda, por cierto, sabía acompañar muy bien a unas jugosas caderas que sostenían un torso cómo de deidad grecolatina, ellas eran acompañadas por una cintura lo suficientemente pronunciada como para marcar su presencia. Su contorno delineaba el más delicioso capricho, era la ninfa que Ingres jamás pudo imaginar.
Sus piernas se extendían hasta provocar el deseo, sus muslos eran generosos y sus pies parecían tallados por hábiles manos cómo las del maestro nacido en Caprese. Toda ella era de mismísimo mármol pulido. Nada en ella parecía librado al azar. Y quizás nada de ella lo estuviese.
Pero todo esto podría llegar a no tener importancia, sino fuera porque además, en momentos parecía una niña llena de ingenuidad y ternura y en otros podía llegar a ser una terrible diosa distante. Podía ser dulce o fulminar con una mirada. En ella encontraban sentido los contrasentidos, era áspera y amable, compasiva e inmisericorde, radiante y opaca, luminosa y oscura.
Por otra parte sentía afinidad por los felinos y le gustaban otras criaturas peludas de cola algodonada.
Yo solía perder el tiempo contemplándola con cortés apetito de sus formas. Pero mi torpeza jamás descifró cómo superar su fragilidad. Hubo incluso un momento en que pude amarla, pero sólo fue un sueño, lo mío siempre fue una obsesión por su belleza, supongo. Y para ella, me imagino que fui algo así como una lámpara, una alfombra o algún tipo de molesta mascota de la cual uno no quiere deshacerse más por pena que por cariño.
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