Se oyó una sirena, golpes en la puerta y yo salté de la cama y a través de la ventana. Desde los arbustos los vi tumbar la puerta para penetrar en tu casa. Así semidesnudo como estaba corrí por las frías calles, podía sentir el pavimento clavarse en mi carne helada. Mi mente iba a mil aún más rápidos mis pasos. Quién, cómo, porqué me habían traicionado.
Golpee a la puerta del flaco Reyes. Quince eternos minutos después me abrió la puerta, medio dormido, con sus rulos rojizos revueltos y unos bóxers psicodélicos. Me apresuré a entrar en su departamento, sin preguntar, fui directo a su habitación, abrí el armario. Todas sus camisas eran estilo hawaianas –un asco- pero no era momento para la duda, me vestí con una y con un pantalón flúor, para mis pies sólo encontré unas sandalias.
Le pregunté al flaco si sabía quien me había traicionado, quién había delatado mi ubicación, su cara de bostezo me hizo pensar que no, le pedí me devolviera mi arma. Se agachó levantó un fondo falso en el piso del armario, tomó una caja, la abrió y allí estaba, me la alcanzó sin decir nada.
Nunca creí que estaría frente a ella otra vez, mi fiel amiga, una Glock 17 9 mm OD green. Cuando se la entregué al flaco meses atrás, prometiendo no volver a usarla, no imaginé la cadena de eventos que me traerían nuevamente a ella, pero por los momentos era en la única en quien sabía podía confiar.
Al salir del departamento del flaco pensé que sabía qué debía hacerse, tomé un taxi, le pedí al tachero que me llevara al bar de Rojas. Estaba seguro por sus influencias, que me había encontrado y era él quien había mandado a sus escuadrones de la muerte, conocía de sobra su modus operandi y de sus policías pagados. Deduje que una vez muerto él no habría más motivos para que me persiguieran, después de todo sobradas razones tenía para querer matarme y fue por él que tuve que desaparecer, pero matarlo no sería tan sencillo, por algo ya no lo hice antes.
Pagué el taxi con lo que me había prestado Reyes y el humo del auto me envolvió mientras contemplaba mi destino. ¿Cómo pasar a través de los guardias de la puerta? Por suerte no tuve que hacerlo, entre al callejón sin ser visto con la intención de entrar por detrás, un camión de carga descargaba bebidas. Tomé por sorpresa a los tipos del camión y al custodio y los encerré en su propio camión. Encerrados con llave, entré al bar como si nada, un par de tipos me vieron raro, pero continué sin darles tiempo a que preguntaran, mezclándome entre los clientes. El ruido de la música y el mar de personas cubrirían mis acciones.
Allí estaba Rojas, en su mesa privada acompañado de unos japos, supongo, arreglando algún negocio, me acerqué como un lince, saqué el arma como un relámpago, podía sentirla gritar ¡A la frente! Y yo no podía decepcionarla, el gatillo se accionó como si se disparara sola, las balas dieron en el blanco sin dudar. Rojas primero, luego sus matones, ellos trataron de dispararme pero yo estaba en su punto ciego usando a un pobre infeliz como escudo.
Me apoderé de una de las colt que rodaron por el piso mientras mi escudo de carne caía muerto tras de mi. Las balas zumbaban, la sangre corría, los clientes huían y yo entre el miedo y la locura era una vez más un perro sin dueño, desatado y acunando la muerte bajo la noche sin dios. Me incorporé disparando con ambas manos, el alcohol endulzaba el olor a muerte, y agitada la marea humana recibió las balas que llevaban mi nombre.
Llegué a la mesa y vacié mi cargador en el cuerpo inerte de Rojas, nunca se es demasiado precavido en este negocio, y luego me desvanecí con un maletín y un revolver que yacían en la mesa. podía sentir cómo las balas acariciaban mi huida.
Salí por donde entre, matando a quien se interpusiera, me llevé el camión que me esperaba, lo dejé dos cuadras después y le disparé hasta que explotó y ardió en llamas con los cuerpos de aquellos tres infelices adentro, en mi trabajo no se puede dejar cabos sueltos. Y los pobres diablos me había visto, arrojé el revolver y recargué a mi bebe. La pude sentir contra mi rostro, cantaba la última canción de cuna y estaba excitada aun.
Quedaba algo más por hacer, debía volver por ti. Revisé el contenido del maletín, no me equivoque al llevármelo, como era de suponerse tenía dinero. Y me sería útil para desaparecer del país, en este negocio no se puede ser demasiado precavido, debía desaparecer hasta que las cosas se calmaran y por si alguien quería vengar a Rojas, y para asegurarme definitivamente si mi presunción de que él había mandado por mi era cierta.
Estaba llegando a tu casa, el amanecer amenazaba en el horizonte y yo aun podía oír los gritos de aquellos pobres diablos del camión, mezclada con la música y la locura del bar. Una patrulla estaba en la puerta, seguramente a la espera que yo decidiera volver. Pero entré por detrás, atravesando la casa del vecino, yo era en esto un experto y en veinte años no habían podido emboscarme nunca. Supongo que siempre fui cuidadoso, pero todo lo referente a esta noche se me había ido de las manos, actué instintivamente, y ahora no había marcha atrás. Envuelto por una oscuridad casi cómplice me tomé unos minutos para reflexionar. Al fin entré por una ventana de atrás. Cómo un fantasma fui en tu búsqueda, escuché tu voz, dulce y ardiente como siempre, pero no estabas sola, bajé mi arma que siempre había estado en guardia. Y la verdad cayó sobre mí como un tigre desgarrándome los sentidos. La otra voz era la del flaco Reyes, todo este tiempo lo habían estado planeando, por su conversación no me fue difícil concluir quien me había entregado a Rojas. Abrí la puerta y la imagen de verlos acurrucados en la cama me quitó toda duda, sus rostros inexpresivos volvieron a encender en mi la locura, les arrojé el maletín con el dinero y les pregunte, con una voz vacía ¿Esto también fue parte del plan?
Paralizado, te vi tomar de la gaveta de la mesa de noche una veintidós y dispararme sin vacilar, directo a la frente, justo como te enseñe. Durante el eterno instante en que la bala tardó en atravesar el metro cincuenta que me separaba de ti e incrustarse en mi cerebro, me sentí orgulloso de haber sido tan buen maestro.
Entonces, la gota de saliva que había dejado mis labios cayó junto a tu ombligo. Sentí las sirenas acercarse, miré fijamente la gaveta de tu mesa de noche, y allí sí, supe realmente que hacer, no por nada llevo veinte años sin rasguños en este negocio.
Max